Cuando me masturbo, intento hacerlo con los ojos abiertos, tratando de suavizar el movimiento frente al PC pornográfico. Siempre un poco de saliva sobre la rosada dureza, le dará más que un mejor desliz, esa musiquita que tanto me gusta, la viscosidad gimiendo, como mil babosas en una orgía inundada. Siempre termino acelerando la velocidad, egoístamente excitado, como si estuviese hecho completamente de goma, ensordecido por la música mojada. Todo mi entorno se desvanece y cierro mis ojos.
Cuando me masturbo con los ojos cerrados (y a gran velocidad), se me llena la cabeza de fantasías que desde niño siempre mantuve latentes. Se reúnen todos esos personajes deseados y forman, sin que yo lo quisiera, una fiesta de roces, entre fluidos dispersos, grititos enlodados y una multiforme cruzada que nunca pareciera acabar. Entonces, siento hincharme aun más, las venas suplican más elasticidad y yo comienzo a ser parte del sabroso compartimiento.
Cuando me masturbo, siendo parte de la escena, un desquicio me hace lamer todos los cuerpos que allí se frotan. Es un tío que alguna vez me mostró su verga que en ese momento me la vuelve a mostrar y que yo me atrevo a lamer como nunca antes, deseando tener dos lenguas o mejor aun, dos bocas para poder devorar también la próxima que se acerca, esa tan blanca y de punta rosada, como una flecha de leche con frutillas, apuntando hacia el cielo. Es un primo que no supera su pubertad, suplicante y casi agresivo. Mientras, un poco más allá, mi papá lame los diminutos pechos de mi mejor amiga de infancia, la chica que yo de alguna manera quise ser. Todos la miran. Ella grita como gata en celo mientras mi papá esta vez le invade su herida, esa especie de porcelana partida. De pronto se les acerca mi hermana. Ya son tres. Luego mi hermano. Y su porcelana parece romperse en mil pedazos cuando mi hermano junto a mi papá la penetran hasta sacudirla entera. Soy invitado a otro rincón. Es mi madre junto a un profesor que tuve en cuarto básico. Yo frente a los dos no sé qué hacer. Es entonces cuando mi madre me toma de un brazo y me lanza a las piernas del profesor. Ella se aparta y comienzo a sentir una barba en mi nuca, luego sus dos manos ásperas en mis caderas. De pronto, un agresivo calor me entra por atrás y comienza a partirme poco a poco. Mi madre nos mira y comienza a masturbarse (sus largos dedos siempre me gustaron). Es justo entonces cuando el momento culmine parece a punto de llegar. Todos en el mismo choque, revolcados sobre el mismo lodo extasiante.
Cuando me masturbo, siempre antes del final, en ese instante preciso cuando las sienes están a punto de estallar y el sudor se vuelve quemante, abro los ojos, apago el PC y comienzo a chorrearme entero frente al gris reflejo de la pantalla. Sólo entonces quedo conforme, ablandándome exhausto. Es un poco el desquicio de querer sentirme huérfano lo único que queda, como promesa de una próxima escena quizás aún más deliciosa.
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