viernes, 27 de agosto de 2010

las manzanas de mi arbol


“Nos perdonái por molestarte, Josecarlo”, les sonrío. Ambos traen una bolsita para las manzanas. Me prometen que nunca me dirán Josefina, así que los dejo pasar al patio. Se suben con mucha facilidad a mi árbol, yendo de rama en rama. Parecen monitos hambrientos. Son tan valientes. De un salto, bajan. Les convido sal y los invito a mi escondite bajo la casa. Les digo que hablemos bajito porque es un lugar ultra secreto, que tengan cuidado con las arañas. A mí sólo la idea de hallarlas me da escalofríos, sobre todo con lo oscuro que es aquí. Pero el Luciano me dice que no les tema; que las matará si se asoman. Así que me tranquilizo un poco y empiezo a contarles una historia fantástica. Me toman mucha atención; solo se oye mi voz y sus mascadas. A veces se ríen, pero despacito. Nos acercamos un poco más para oírnos mejor. El pato comienza a contar chistes y me convida una manzana. Yo le digo que tengo la boca muy salada, pero igual se la recibo, y lo hago tocándole la mano entera porque casi no se ve nada. El se ríe nomás y el Luciano dice que también tiene la boca salada. Un rayito de sol que se ha metido por algún rincón, le alumbra los labios y me doy cuenta que los tiene mojaditos. Le digo que se los seque, que parece guagua como come; pero no lo hace, así que se los seco yo con una mano. El Pato se ríe y se me acerca. Me dice que yo también tengo la boca mojada y me la seca suavecito con su mano, mientras con la otra me toca entremedio. Yo sonrío mirándole esa mano; parece que me gusta su cariñito. Al Luciano también le gusta como yo lo toco… y se tiran los dos encima mío. La tierra se nos pega en la espalda, pero no nos importa. El Luciano tiene la lengua más salada, aunque el Pato tiene más duro entremedio y eso me agrada, sobretodo cuando me roza y me dice al oído que eche al Luciano porque yo le gusto mucho. Pero el Luciano es simpático y me da besitos en el cuello mientras el Pato sigue rozándome. No quiero que ni uno se vaya. Es más entretenido probar dos boquitas distintas y sentir extrañas cosquillas en mi cuerpo… el Luciano me dice Josefina, pero no me molesta. Ya es de noche y ellos se van. Me piden sal para el camino y yo les doy en una cajita de fósforos, porque ahora somos amigos y me defenderán si otros me molestan. Así que nos despedimos y los dejo invitado para mañana a que se suban otra vez a sacar las manzanas de mi árbol.

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