jueves, 26 de agosto de 2010

mi noviazgo ideal



De niño se nos enseñó que el amor, aparte de ser cosa de adultos, es de a dos. Se nos inculcó que existían valores o principios o reglas morales dentro de esta especie de contrato afectivo: fidelidad, subyugación -dependiendo del grado de poder-, confianza, proyección y estabilidad. Se nos ejemplificó a través de nuestros padres -o cuentos de hadas, en caso de bastardos-, el puritano propósito de tal unión, acostumbrándonos a la idea de querer pertenecerle a otro, siempre en singular, como si el deseo se encuadrara en esa única posibilidad de supuesta felicidad eterna.




De niño se nos ocultó que el deseo se desborda por naturaleza. Se nos quiso hacer creer sobre almas gemelas, príncipes azules, amor conservable, sobre nuestra obligación de aterrizar el aleteo y comprometerse de una vez por todas. Se nos inculcó la culpa -consciente o inconscientemente- como control del deseo, aferrándonos por obligación al ocultamiento de todas esas ganas indecentes, sólo funcionandonos como fantasía erótica el trio sexual, la orgía o el coito casual.



Yo creo que los motores que mueven el mundo son el poder y el sexo (o amor si lo prefiere), por lo que seria una imposibilidad el no-deseo. Creo que todos llevamos un manantial de fantasías en nuestro interior, y que si han permanecido sólo como fantasías, ha sido por la mera idea que se nos impuso: el amor es de a dos.



¿Por qué tiene que ser de a dos? ¿Por qué debe proyectarse en el tiempo? ¿Por qué el impulso hormonal es equivoco ante la razonable meditación? ¿A caso no somos tan libres como cualquier otro animal de la Tierra? Son las preguntas que me hago cada vez que alguien usa como argumento su compromiso sentimental para no copular conmigo. Y las respuestas se me dificultan cuando reconozco que nací bajo un ideal humano basado en derechos y deberes inventados tal como se inventan edificios, ropas, conductas, palabras de cortesía... Las respuestas intento dármelas abstraído de tantas construcciones frías y ajenas al instinto animal que -quieranlo o no- constituye nuestra naturaleza. Y así como se despojan algunos de religiones impuestas o modas extranjeras, yo me despojo del proyecto sentimental que una vez mis padres y libros me inculcaron.



Tengo un noviazgo ideal. Lo he fantaseado desde niño, escondido en rincones de mi casa, bajo el silencio de alguna culpabilidad, como un secreto entre amigos, una desobediencia al ideal tradicional: mantener una relación afectiva -breve o extensa, da lo mismo- con dos personas a la vez; que no existan celos ni competencia, que todo se deje fluir bajo el instinto. Quizás de a cuatro si me enamoro de alguien más, quizás seis o siete, como una gran familia donde lo único que importe sea la lealtad y el cariño, el deseo y su realización.



Yo creo que los seres humanos somos buenos por naturaleza y esa es la única base que me sostiene como construcción social. Creo que no hay un sentido a nuestra existencia mas que el que uno le inventa, y que no hay mejor razonamiento que el guiado por la intuición. Somos seres hormonales y el espíritu así como el amor sólo responden ante códigos creados por uno mismo. Todo es construcción, escuche una vez por ahí, por lo que no estoy dispuesto a dejarme moldear por cerebros ajenos ni, mucho menos, a dejarme normar lo único que desde niño he sentido como liberador y autentico: el deseo en su estado natural. ¿A caso la autorepresión no es más dañina que la estigmatizada promiscuidad?

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